Están ahí, son los mismos de un
lado y del otro, viviendo en sus ranchitos similares, cuidando sus animales y
sus plantas.
Nosotros llegamos acá de casualidad.
Nosotros llegamos acá de casualidad.
Hace unas noches se lo contaba a
un amigo. Me lo encontré en la ciudad cuando tuve que ir a hacer unos trámites.
Lo invité a venir y una tarde apareció. Le hicimos una cena a la luz de la luna
y de las brasas que cocinaban la carne. La pasamos bien, charlando. Con los
vinos del final de la cena le conté de la tarde en la que nos dimos contra este
paraje.
Esa noche Carla cantó una
infinidad de canciones viejas con su guitarra, nos fuimos a dormir cuando
amanecía. Hacía muchísimo que no cantaba.
En alguna medida es como si
hubiéramos vuelto al primer pasado. Nos pusimos nuevamente de novios, hablamos,
caminamos... de la mano.
Vivimos tranquilos, armamos de a
poco nuestro ranchito, yo cuido los animales y las plantas, Carla despunta su
vicio enseñándoles a los chicos de los vecinos. El otro día uno le dijo algo
así como que del otro lado había también unos monstruos medio parecidos a
nosotros... con casi los mismos ojos... Nos reímos mucho.

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