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1.9.18

LA DIVINA


Ana María Cecilia Sofía Kaloyeropulu [Nueva York, 2 de diciembre de 1923-París, 16 de septiembre de 1977],
conocida mundialmente como María Callas,
soprano griega nacida en Estados Unidos, considerada la cantante de ópera más eminente del siglo XX.
 
María Callas, La Divina, es, sin duda, una de las personalidades artísticas más fascinantes de todos los tiempos. Con un talento musical y dramático excepcional en cada una de sus interpretaciones logra transmitir intensas emociones muy por encima de la sola belleza vocal.

Los acontecimientos que marcaron su vida privada se vieron reflejados inevitablemente en su carrera como cantante.

María Callas pasó su vida tratando de compensar la falta de amor en su famlia, entregándose sin suerte a los hombres con quienes nunca halló la felicidad que ansiaba.

Documental

                                                
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Con apenas 20 años, María Callas, ya era una soprano famosa en su país.

En 1947 comienza su gran carrera internacional.

En 1949 contrae matrimonio con un empresario 30 años mayor que ella.

Mientras La Diva continúa asombrando en los escenarios del mundo, en 1954 decide adelgazar, perdiendo 40 kilos en pocos meses, hecho que repercutió en su voz. Comenzó a tener una vida social mucho más activa descuidando de algún modo su carrera.

En 1959 abandona a su marido por Aristóteles Onassis, gran y único amor de su vida. Decide retirarse por un tiempo de los escenarios.

María Callas & Aristoteles Onassis

Onassis fue fundamental en la vida de La Callas, pues ese amor tan grande la sumió en una profunda pena y angustia cuando el magnate griego se casa con Jackie Kennedy (1968), lo cual se profundizó más aún cuando él fallece, en 1975.

Recluida en su departamento de París, se dejó morir de tristeza, poco a poco se fue apagando y el 16 de septiembre a la edad de 53 años, dejó de existir.




María Callas, La Divina, marcó un antes y un después en la forma de cantar ópera.

Escucharla sigue siendo una experiencia inolvidable.




Fuente: iOpera.es

15.8.15

Me consume la Nada. G.A.


Me consume la nada
La nada de mi vida
La nada que veo a mi alrededor
La nada que veo hacia el futuro
La nada que me atrevo a recordar de mi pasado.

Me consume la nada
La nada de aquello en lo que un día creí
La nada de aquellos que se fueron
La nada de este mundo inútil.

Me consume la nada
La nada de lo que no puedo decir
La nada de lo que dije
La nada de lo que siento
La nada en mi alma
La nada misma adueñándose de todo.

De lo que fui
De lo que quise ser
De lo que creí ser
De lo que creyeron que sería.

La nada ocupando un espacio
El espacio en que estoy
Lo que soy
Y mi mente
Atormentada por la nada
Asustada y tiesa.

La nada me consume
En este desierto helado
Y sólo hay dos opciones posibles
Las de siempre.

O que me consuma hasta el fin
O inventar un pretexto para hacer de cuenta
Que todo esto nunca pasó
Que jamás morí como esta noche.

Me da igual.
Quizás prefiera la primera opción
Terminar con todo de una vez.

Volar
Volar de esta pocilga
Volar por el espacio vacío y oscuro
En la misma nada que ahora
En la misma oscuridad
Pero sin la pesadez de esos ojos que me miran
Y sin mi propia miseria
Talandrando mi cerebro hasta hacerlo mil pedazos.

 

31.3.15

Sueño de Cristales Rotos. G.A.

Un estremecedor ruido que provenía del piso de abajo me despertó en medio de la noche. Me senté en la cama. Traté de pensar que no era nada, pero no logré quitarme de la cabeza la idea de que tenía que bajar a ver de qué se trataba. Recuerdo que hacía frío. Mi cuerpo temblaba. Un rumor helado recorría mi habitación.
Mis pies descalzos se dirigieron lentamente por el pasillo. Llegué hasta la escalera, siempre tan bien lustrada. Extrañamente, no sentía temor alguno. Con determinación, comencé a bajar, escalón por escalón, segura de que algo me esperaba allí abajo.

Repentinamente sentí un dolor agudo. Un dolor profundo, insoportable.
-¿Qué me pasa? –pensé -¿Quién me ha lastimado? –me pregunté- ya con incontenibles lágrimas que comenzaban a rodar por mis mejillas heladas.
Bajé la vista hacia el lugar de dónde parecía provenir el dolor. Nada pude percibir. Nada. Pero me había quedado estática, en medio de la escalera, sollozando. Me dolían los pies, las piernas, los brazos… ¿Es que estaba soñando acaso? ¿Es que se trataba de otra de mis horribles pesadillas?
Pero no… Todo parecía tan real. El ruido estremecedor. El frío en el cuerpo. Mis pies descalzos. La escalera lustrada. Y el dolor… cada vez más profundo.

Confundida recorrí con la vista el camino recorrido y vi algo que brillaba en medio de la oscuridad. Eran unos cristales rotos. Cristales esparcidos a lo largo del pasillo y de los escalones. ¿Cómo no me había dado cuenta? ¡Allí estaba la respuesta al dolor que sentía! Pero… si esos cristales me habían lastimado… ¿cómo es que no podía ver mis heridas y sí sentir el dolor?

Con el rostro empapado en lágrimas, intenté cerrar los ojos, como si al hacerlo, todo aquel dolor pudiera desaparecer, como me sucedía a menudo en mis pesadillas. Así lo hice. Cerré los ojos. Apreté los párpados fuertemente. Pero no sentí alivio alguno. Mas bien sentí miedo, pues oí un rumor de voces que se acercaban a mí. Y a medida que lo hacían, me percaté de que se trataba de gritos. Gritos desesperados. Las voces me eran familiares. Y estaban cada vez más cerca de mí. Y el dolor era cada vez mayor.
Me sentía abrumada, como si estuviera al borde de un precipicio.

Decidí abrir los ojos con la esperanza de encontrarme de nuevo en mi cama. Con la esperanza de que una horrorosa fantasía se hubiese apoderado de mí.
Al abrirlos, luces lastimaron mis ojos. Todas estaban encendidas. Las caras de mis seres queridos estaban desencajadas a mi alrededor, observándome. Yo no estaba de pie, sino sentada en uno de los escalones y no alcanzaba a entender nada de lo que sucedía. Vi esa cara tan familiar y querida… y muy a lo lejos oí su voz…
-¿Por qué? –me decía llorando- ¿por qué lo hiciste?
La culpa se apoderó de mí… ¿qué era eso tan horrible que había hecho? Repasé nuevamente con la mirada la espantosa escena, intentando encontrar una respuesta.
Todos seguían allí, alrededor mío. Desesperados.
Al mismo tiempo, me di cuenta de que ese tremendo dolor inicial había empezado a desaparecer. Y un cansancio muy extraño comenzó a invadir todo mi cuerpo. Los ojos se me cerraban… No lograba responder ninguna pregunta. No oía. No podía hablar tampoco. -Tendré que dormir- pensé –Me siento muy débil- Quise incorporarme pero no pude.
Volví mis ojos hacia mi cuerpo cansado. Y allí fue cuando me envolvió una horrible sensación de indefensión. Es que un líquido rojo intenso teñía desprolijamente mis pies, mis piernas y mis brazos, ensuciando la lustrada escalera.

De pronto, tomé conciencia de que había un objeto en mi mano derecha. Era una pequeña tijera.
Ahora entendía los gritos, el llanto y la desesperación.
Es que con esa tijera, cruelmente, había lacerado partes de mi cuerpo. Intenté expresar que no quise hacerlo. Pero ya era tan tarde. Me sentía desfallecer.
¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? – se escuchaba.
Borrosamente veía esos rostros que se iban desdibujando, pues no podía mantener abiertos los ojos.

Precisamente en ese momento me di cuenta de que el dolor había desaparecido… de que ya no sentía nada. Respiré hondamente una vez más, con el propósito de decir algo… pero fue en vano. Lo que siguió fue una oscuridad atroz y una sensación de caer al vacío en forma irremediable.

-El final ha llegado -me dije- mientras el abismo me absorbía y la negritud me invisibilizaba. Ya no había cuerpo ni voces. Y tampoco había luces ni estrellas. Comprendí con resignación que por fin mi largo viaje había comenzado.

16.6.13

La niña sola. G.A.

La niña sola ha venido. Está aquí sentada frente a mí recordándome quién fui y quién soy. No la quiero justo hoy, pero ella tiene esa cualidad de saber cuándo debe estar, elige los momentos justos para no dejarme olvidar. La niña sola. La niña que fui. ¿Te acordás? -me dice- ¿te acordás de cuando mirabas por la ventana? ¿te acordás de cuando esperabas en vano a quien nunca llegaría? ¿te acordás del llanto aquel, del llanto repetido, del que comenzaba con apenas unas lagrimitas rodando por tus mejillas y terminaba inundando la habitación, la casa y el mundo entero?

Qué cruel que es mi niña, llevándome de regreso a mí misma. Ella siempre lo logra y aquí estoy.  Estoy sola, como siempre, y siento tanta pena. Pienso que los recuerdos son tan injustos conmigo… porque hay algunas fotos viejas que muestran cosas que no recuerdo, las veo y es como si no me hubiese pasado a mí. Esa felicidad capturada en una imagen no es mía, no la siento mía.  Yo sólo veo esto, la soledad de la niña sola, la mentira para que nadie sepa lo mucho que sufro, la estúpida sensación de que me creen cuando les digo que mi papá trabaja en un barco y que por eso no está nunca, porque él viaja… suena tonto pero en parte me alegra haber tenido la certeza de que me creían, de no ser así, creo que hubiese preferido ahogarme antes de decir la verdad. A cambio de ahogarme a mí misma, ahogué otras cosas, ahogué mi tristeza, mi llanto en las noches y en las mañanas, ahogué mis miedos… y mi soledad. Lo ahogué todo y se lo dejé a ella: a la niña sola. Por eso viene a veces, en días lluviosos como hoy, a recordarme quién fui que es también quién soy. Viene a no dejarme olvidar que nunca pero nunca nunca,  ni una sola vez, sentí los brazos de mi papá dándome fuerza, diciéndome que me estaba cuidando, que velaba por mí, que nada malo iba a pasarme, y que me quería. Nunca, ni una sola vez. 

¿Cómo puede uno de niño vivir eso si no es con la más absoluta tristeza? ¿Cómo se puede evitar no sentirse un fallido de la vida, una desgracia, un error, un fracaso? La respuesta es una: no se evita, sólo se llora, sola, y se le miente al mundo. 

Luego se trata siempre de ser la mejor en todo, la mejor hija de esa abnegada madre, la mejor amiga, la mejor alumna, la mejor docente, la mejor siempre… porque quizás el problema fue que no fui tan buena como para que mi papá quisiera abrazarme aunque sea una vez y entonces ser buena y no sólo buena, sino la mejor en todo lo demás, me dé los abrazos, los miles de abrazos que intentarán -en vano- reemplazar a ese que nunca tuve.

Es por todo esto que me asalta al corazón, que odio cuando viene la niña sola. Porque ella no me deja escapar. Ella es la verdad. Es la cruel realidad de admitir que fui tan infeliz y nunca pude decirlo, sólo pude llorarlo sola, por no entristecer a nadie más… ¿o para no ser una carga y que los demás también me abandonen? Buena pregunta Gabriela. Pero esa respuesta sí que no la tengo.

La niña sola nunca se queda mucho tiempo, sabe que duele demasiado y no quiere hacerme daño, sólo quiere que yo recuerde que ella fue fuerte, que fue la que atravesó esa historia en la parte más difícil y que lo hizo lo mejor que pudo. Ella piensa –creo- que no es justo que yo la olvide y por eso viene. En días como hoy, justamente. Pero cuando me ve así como estoy ahora, yo siento que me abraza y me demuestra una vez más que si ella pudo sobrevivir, yo también puedo hacerlo. Aunque las dos sepamos que hay heridas que no sanarán jamás. Aunque las dos sepamos que hubiésemos dado cualquier cosa por una historia diferente a la que tuvimos. 

La niña sola empieza a desdibujarse en medio de la nada. No se lo digo, pero en el fondo la admiro, tan chiquita y tan fuerte frente al mundo, tan frágil y poniendo una sonrisa para que nadie jamás sepa lo triste y sola que está y el miedo que tiene. 

Al final de todo, creo que ella principalmente -pero también yo- merecíamos poder decir feliz día a ese papá que no tuvimos, que no nos quiso lo suficiente, ese pilar que no existió y por lo cual debimos hacer equilibrio toda, toda la vida. No porque decir feliz día sea lo importante, sino porque decirlo estaría implicando que una vez lo tuvimos.

En fin… la niña sola me trajo todas estas cosas y ahora se fue. 

Me quedo con lo que pude hacer de mi vida a pesar de toda esa tristeza. Pero no me olvido de lo que nunca fue, de lo que nunca será, de lo incomprensible y sobre todo, de lo injusto.


Nada más lejos de mí que darle un consejo a alguien ni a nadie. Pero ojalá que todos los que son padres sepan que no importa si no son los mejores del mundo, ni importa lo que puedan comprar con dinero, importa lo que quedará en esos hijos hasta el día de sus propias muertes, importa, digo, el haber sentido su presencia, el haber sabido que ahí estaban, el abrazo, el reto, el haber podido compartir algo… alguna vez.

11.6.13

Cambio y Melancolía. G.A.

Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía. 
Anatole France [Escritor francés. 1844-1924]


Pensaba en esto de los cambios... en cómo a veces nos da miedo...
Es como si buscásemos todos los caminos posibles conocidos para no tener que transitar los nuevos.
Es comprensible.
En el lugar en que nos hallemos, antes del cambio, estamos vivos, respirando, a veces sonriendo, eso nos conforma de algún modo.
El cambio es sinónimo de "no garantías", de que todo puede salir muy bien, pero del mismo modo todo puede ser peor de lo que era... y es en ese punto en el que nos imaginamos a nosotros mismos extrañando... desde la voz de una persona... hasta la color del sillón del living... desde el decorado del baño... hasta las mascotas...
No es fácil... Quizás de allí venga algo de esa melancolía...
O no... quizás la melancolía es porque si hemos de cambiar es porque algo no ha salido como lo esperábamos y eso... nos da idea de que nos fue mal... o peor... idea de fracaso... Creo que la melancolía puede anclarse en esta idea, más que en lo que mencioné un poco más arriba.
Sea como fuere... hay gente que se mantiene firme en medio del desierto, de la tormenta, hasta del fango... y habemos otros, que el día en que los ojos "ven" y ya no es lo mismo que veíamos antes... ya nada vuelve a ser igual... empezamos a vernos a nosotros mismos en otras situaciones y con otras personas... y empezamos a fantasear con la idea de partir... de viajar...
Así empieza a veces.
Luego, cuando todo deja de ser una fantasía, la realidad como de costumbre nos golpea la cara y allí estamos, en la puerta, con unas pocas cosas en la mano y el corazón lleno de incertidumbre... otra vez.
En fin, cuando el momento del cambio llega, no es posible ignorarlo por mucho tiempo... nos escondemos de él, lo tapamos con palabras, instantes robados al hastío... pintamos todo con acuarelas para disfrazarlo... pero es indefectible...
Cuando el momento del cambio llega... y quizás esa melancolía de la que habla Anatole France se hace nuestra sombra... ya nunca más somos los mismos...
No es que siempre haya que correr riesgos -tal vez no- es que en ciertas oportunidades... debemos hacerlo... porque no queda espacio en la fantasía ni en el conformismo.
Si ése es el caso habrá que darle la bienvenida a la melancolía, no negarla, aceptarla, y trabajar en nuestro interior para que prime el deseo de tener una mejor vida que la que veníamos teniendo.
Si no encontramos un justificativo es porque nos estamos olvidando de que simplemente, quizás, nos lo merecemos... y con eso debería bastar.